Socrates' Criticism of the Written Word Echoes Those Against Google and AI
En la época de Sócrates, los textos escritos aún no eran una herramienta habitual y todavía despertaban recelos. Los consideraban un sucedáneo de la palabra oral — liviana, alada, sagrada—. Aunque la Atenas del siglo V a. C. ya contaba con un incipiente comercio de libros, no sería hasta un siglo después, en tiempos de Aristóteles, cuando se llegase a contemplar sin extrañeza el hábito de leer. Para Sócrates, los libros eran ayudas de la memoria y el conocimiento, pero pensaba que los verdaderos sabios harían bien en desconfiar de ellos. Esta cuestión inspiró un diálogo platónico titulado Fedro, que transcurre a pocos pasos de las murallas de Atenas, bajo la sombra de un frondoso plátano a la orilla del río Iliso. Allí, en la hora cálida de la siesta, con el fondo sonoro de las cigarras, nace una conversación sobre la belleza que deriva misteriosamente hacia el ambiguo don de la escritura.
Hace siglos, le dice Sócrates a Fedro, el dios Theuth de Egipto, inventor de los dados, el juego de damas, los números, la geometría, la astronomía y las letras, visitó al rey de Egipto y le ofreció estas invenciones para que las enseñase a sus súbditos. Traduzco las palabras de Sócrates: «El rey Thamus le preguntó entonces qué utilidad tenía escribir, y Theuth le replicó: —Este conocimiento, ¡oh rey!, hará más sabios a los egipcios; es el elixir de la memoria y de la sabiduría. Entonces Thamus le dijo: —¡Oh Theuth!, por ser el padre de la escritura le atribuyes ventajas que no tiene. Es olvido lo que producirán las letras en quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de los libros, llegarán al recuerdo desde fuera. Será, por tanto, la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que la escritura dará a los hombres; y, cuando haya hecho de ellos entendidos en todo sin verdadera instrucción, su compañía será difícil de soportar, porque se creerán sabios en lugar de serlo».
Tras escuchar el exótico mito egipcio, Fedro dice estar de acuerdo con su maestro. Es lo habitual en los modosos seguidores de Sócrates, que nunca osan llevarle la contraria. De hecho, en los diálogos de Platón, los discípulos dicen sin cesar frases como: «Muy cierto, Sócrates», «Te lo concedo, Sócrates», «Veo que otra vez tienes razón, Sócrates». Aunque su interlocutor ya se ha rendido, el filósofo lanza una última estocada: «La palabra escrita parece hablar contigo como si fuera inteligente, pero si le preguntas algo, porque deseas saber más, sigue repitiéndote lo mismo una y otra vez. Los libros no son capaces de defenderse».
Sócrates temía que, por culpa de la escritura, los hombres abandonasen el esfuerzo de la propia reflexión. Sospechaba que, gracias al auxilio de las letras, se confiaría el saber a los textos y, sin el empeño de comprenderlos a fondo, bastaría con tenerlos al alcance de la mano. Y así ya no sería sabiduría propia, incorporada a nosotros e indeleble, parte del bagaje de cada uno, sino un apéndice ajeno. El argumento es agudo, y todavía nos impacta. Ahora mismo estamos inmersos en una transición tan radical como la alfabetización griega. Internet está cambiando el uso de la memoria y la mecánica misma del saber. Un experimento realizado en 2011 por D. M. Wegner, pionero de la psicología social, midió la capacidad de recordar de unos voluntarios. Solo la mitad de ellos sabían que los datos a retener eran guardados en un ordenador. Quienes pensaron que la información quedaba grabada, relajaron el esfuerzo por aprenderla. Los científicos denominan «efecto Google» a este fenómeno de relajación memorística. Tendemos a recordar mejor dónde se alberga un dato que el propio dato. Es evidente que el conocimiento disponible es mayor que nunca, pero casi todo se almacena fuera de nuestra mente. Surgen preguntas inquietantes: bajo el aluvión de datos, ¿dónde queda el saber? ¿Nuestra perezosa memoria viene a ser una agenda de direcciones donde buscar información, sin rastro de la información misma? ¿Somos en el fondo más ignorantes que nuestros memoriosos antepasados de los viejos tiempos de la oralidad?
La gran ironía de todo este asunto es que Platón explicó el menosprecio del maestro por los libros en un libro, conservando así sus críticas contra la escritura para nosotros, sus lectores futuros.
Notes:
Is it better to know things or to know where knowledge is kept and may be retrieved? You can't remember and recall every fact in every book in a library, but you can know what book has the facts you are looking for. Search engines can know where the facts are, so using them makes us twice removed from the fact itself. AI regurgitates facts, potentially removing the source completely… but so does a person telling you the fact.
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